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La medida del tiempo
de Leopoldo Acal - miércoles, 19 de abril de 2017, 13:57
 

Desde la antigüedad, el ser humano ha buscado la manera de medir el tiempo, utilizando para ello acontecimientos que se repetían, como el (aparente) movimiento del Sol, las fases de la Luna, los ciclos de la vida (migraciones de las aves, floración de las plantas), etc.

Para los periodos menores de un día se usan horas y minutos. Como, debido a la forma de la Tierra, el Sol no sale a la misma hora en todo el planeta,desde antiguo se utilizó el concepto de "hora local" según el cual, cada zona de la Tierra tiene una hora diferente en un momento determinado. A partir de la Conferencia Internacional del Meridiano en 1884 a estas zonas se les llama husos horarios y todas las localidades situadas en el mismo huso horario comparten la misma hora.

Hasta entonces, en la mayoría de las ciudades de Europa usaban como referencia grandes relojes instalados en lugares destacados (iglesias, edificios públicos, mercados) que señalaban la hora local de esa ciudad, existiendo diferencias entre unas y otras ciudades, incluso dentro del mismo país. Se calculaba que un viajero que cruzaba los Estados Unidos en tren de la costa Este a la costa Oeste podía encontrar en su camino 49 horas diferentes en los relojes de las distintas estaciones por las que pasaba.

El desarrollo del ferrocarril, y con él la necesidad de unos horarios mucho más precisos, puso de manifiesto la necesidad de unificar los horarios. En Inglaterra, las compañías de tren decidieron tomar como referencia la hora de Londres, que acabó siendo universal. Pero hasta que se generalizó su uso, muchas ciudades siguieron utilizando ambas, la hora oficial y su propia hora local. Para facilitar la vida a los ciudadanos, se instalaron en muchos de estos relojes de referencia un segundo minutero, que señalaba la hora de Londres, mientras el principal mostraba la hora de la ciudad.

Reloj con dos minuteros

Algunos se conservan aún. En la imagen tenemos el reloj del mercado de St Nicholas Market en Bristol, donde puede verse el segundo minutero (más claro) que marca el "Railway time", adelantado 14 minutos respecto a la hora solar de la ciudad, que se encuentra al Oeste de Londres.

Un problema parecido sufrimos en nuestro centro, donde el reloj que marca los ritmos de clase tiende a adelantar, por lo que necesita periódicos ajustes. De no ajustarse la hora, vivimos en un constante desasosiego, con la sensación de llegar siempre tarde a todos sitios.
En el momento en que escribo esto, el adelanto es ya de unos ocho minutos, una diferencia considerable que causa frecuentes contratiempos similares a los que sufrieron los ciudadanos de Bristol en el s. XIX. Vivimos entre dos husos horarios, el interno y el del resto del país. Quizá no sería mala idea plantearnos la instalación de un reloj con dos minuteros y asumir que hemos de vivir "en dos tiempos".
Bromas aparte, algo habrá que hacer, porque es complicado educar en la necesidad de ser puntuales cuando las referencias que usamos para el tiempo no están claras.

Esperemos que el problema pueda solucionarse o el próximo profesor que venga destinado al centro tendrá que ser, sin duda, el profesor Emmet Brown.